El Gran Buenos Aires

Me pasó algo muy chistoso con esta entrada, queridos lectores. Originalmente estaba pensada para ser una entrada donde hablaría de mi reciente viaje a la Ciudad de la Furia y terminó siendo un post que mezcló la literatura con Argentina (y de una manera muy curiosa y casi providencial)

Hace unas semanas me dijeron en mi trabajo que me iban a mandar a Buenos Aires una semana para trabajar desde allá y conocer a mi nuevo equipo. Era cosa de no creerse, casi lloro de la emoción (para los que siguen este blog desde hace rato, sabrán que estoy completamente enamorada de Buenos Aires y que dicha ciudad significa mucho para mí)

Ante las largas horas de vuelo que me esperaban, decidí empacar un buen libro que me ayudara a entretenerme en el avión y en las odiosas conexiones. El elegido fue un libro que ya había leído con anterioridad pero que quise volver a retomar: El Gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald.

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Miedo, demonios, espíritus chocarreros y el eterno debate entre el bien y el mal.

Cuando estoy en casa me gusta hacer dos cosas: leer y después ver películas. O ver películas y luego leer. O leer mientras veo películas. El punto es que el cine me gusta mucho, al igual que la lectura. Ya he escrito de cine anteriormente en este blog y hoy quiero compartir con ustedes una reflexión que ha estado en mi cabeza después de haber visto una película en particular (esta entrada es un poco larga así que si quieren acompañarme en esta disertación filosófica, son más que bienvenidos)

Al mal tiempo, películas de terror.

Nunca he sido fan de las cintas de terror. Desde pequeña las he odiado. Tal vez sea característica mía ser miedosa pero ni modo, lo soy. Y bastante: soy incapaz de meterme a la sección de miedo del Museo de Cera o a una casa embrujada. Ver una película de terror para mi equivale a no dormir bien las siguientes dos o tres noches, a subirme corriendo las escaleras de mi casa con miedo de que algo me agarre el pie, a no mirar los espejos porque siento que una cosa espantosa se va a asomar. Tengo una imaginación bieeen grande y una cinta de terror me deja traumada (así sea la película más estúpida que me pongas. Hoy en día todavía me da miedo Chucky, háganme el favor)

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Reto musical

“Puedes saber mucho de una persona por la música que escucha”

No recuerdo quién dijo esa frase, pero es muy cierta. La música que escuchamos forma parte indiscutible de nuestra personalidad, es inclusive algo tan íntimo que no dejamos que todos conozcan nuestros gustos más culpables o aquellas canciones que significan demasiado para nosotros. Podemos expresarnos únicamente con canciones y aún así nos entenderíamos a la perfección.

La música es vida y es amor.

Este post no es una oda a la música en sí mismo, sino una oportunidad para que todos aquellos con ojos curiosos que pasen por aquí el día de hoy conozcan un poco más de Dany, todo expresado con canciones. ¿Qué mejor forma de conocer a alguien, no les parece?

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Crear para poder vivir.

Tweets con magia.

Una de las personas que más admiro en este mundo es la escritora J.K. Rowling. Sí, de verdad. Tal vez en otra entrada platique sobre mi particular cariño por el universo que ella creó y hasta les cuente a qué casa de Hogwarts pertenezco, pero ése no es el motivo de esta entrada.

Fíjense nomás, JK era una mujer a la que se le había muerto su madre, tenía un bebé que mantener, divorciada y pobre hasta que finalmente pudo publicar el primer libro de un niño mago llamado Harry y que posteriormente se convertiría en la saga de libros más vendida de toda la historia (y la haría asquerosamente rica, también). ¡Ejemplo perfecto de superación personal a la vista!, ¿quién dice que no se puede?

Bueno, no es que se haya muerto ni nada, y esta entrada tampoco es una compilación de halagos hacia ella, pero resulta que ayer esta mujer tuvo una actividad bastante interesante en Twitter:

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Tercer aniversario.

-Buenos días, señorita. ¿En qué la puedo ayudar?

-Buen día. Quisiera ver las maletas que venden.

-Claro, ¿alguna marca o estilo en particular que le interese?

-Que sea de cuero. Debe de estar hecha de cuero, forzosamente.

-Ok, pues mire, tenemos éstas… son modelos ya muy antiguos, eso sí. Ya casi no se usan.

-No importa, son resistentes y el material es el indicado. Estoy celebrando un tercer aniversario, ¿sabe? Llevo tres años en una relación amarga y profunda. Amarga de mi lado y profunda… del mío, igual.

-¿De verdad?

-Sí… la ausencia amarga los recuerdos, pero lo profundo del amor ahí queda. Cada año compro un regalo según la tradición: primer año papel, segundo año algodón, tercer año cuero. Por eso la maleta.

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La La Las puertas de decisiones.

-No, no hay spoilers de La La Land. Si no la has visto, la verás con una nueva perspectiva. Si ya la viste, podrás estar de acuerdo o no conmigo. Gracias por su atención-

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El mame de “la-película-bonita-donde-bailan-y-cantan” empezó desde hace rato. Adoro las películas y cuando comencé a leer las primeras reacciones donde calificaban a La La Land como una obra maestra, me emocioné mucho. Pude verla el fin de semana pasado y… (ya sé que acá me lloverán jitomatazos) no me gustó. Se me hizo laaarga como la Cuaresma (me estaba durmiendo durante toda la primera hora), sin embargo, no voy a ser tan cruel como para dejar que una película que tuvo el atrevimiento de ser “diferente” entre todas las demás se ahogue en el mar de mi veneno: más bien quiero escribir por qué me dejó con una nada bonita y muy interesante angustia existencial, misma que en mi opinión y dejando de lado la música, es lo más valioso de esta cinta.

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Si Adeleita se fuera con otro…

Queridos lectores, como ustedes ya saben, este blog me ha servido tanto como escape emocional como para explorar intentos de fugacidad creativa. A veces comparto cosas personales, opiniones, anécdotas o debrayes muy fumados.

En esta ocasión quiero dedicar unos párrafos a una de las experiencias emocionales más intensas que me han pasado en los últimos meses (se oye exagerado, pero después de dos horas llorando como loca creo que se merece esa etiqueta): el concierto de Adele en la Ciudad de México ayer por la noche.

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Historia de una canción

No era fácil estar en París.

Había llegado a la ciudad buscando desesperadamente audiciones en cualquier bar o teatro como cualquier otra joven de mi edad que quiere ser artista. Mi sueño siempre ha sido ser bailarina: el escenario me llama, me envuelve… cuando siento la música en mi cuerpo ya nada más importa.

Una noche vagaba sin rumbo por los bares del boulevard, arrastrando mi maleta. Estaba buscando un lugar decente y barato donde quedarme así que me registré en un sucio hostal y al subir las escaleras para ir a mi cuarto me crucé con él: llevaba un abrigo negro, era alto, fuerte, con el cabello castaño largo recogido en una cola de caballo. Tal vez no hubiera reparado en su presencia si no hubiera chocado conmigo accidentalmente. Al abrirse su abrigo me fijé en la camisa blanca que llevaba puesta, manchada de sangre. Él advirtió mi mirada curiosa, cerró bruscamente su abrigo y salió por la puerta. Desde ese momento supe que no habría forma de olvidar su rostro.

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Somos humanos.

¡Bem-vindo para os Jogos Olímpicos Rio 2016! 

Cuando era niña me encantaba ver los Juegos Olímpicos en la tele. Hasta yo (que la verdad el deporte no se me da NADA) agarraba mis moneditas de chocolate, les pegaba con cinta adhesiva un listón y me las colgaba al cuello pretendiendo que el mundo entero me aclamaba por haber ganado en alguna categoría (las medallas de plata eran más difíciles porque tenía que quitarle el envoltorio al chocolate y ponérselo otra vez pero al revés para que se viera plateada la “medalla”. ¿Tercer lugar?, no gracias. Mis ambiciones eran altas)

Los pasados Juegos Olímpicos de Londres 2012 fueron todo un acontecimiento para mi. Desde la ceremonia inicial que estuvo BUENÍSIMA, seguir los resultados, aquella emoción de escuchar los nombres de aquellos que se convirtieron en leyendas: Usain Bolt, el equipo de baloncesto estadounidense con LeBron y Bryant en sus filas, el sirenito Phelps y cómo no, nuestro flamante equipo de fútbol mexicano que ganaba la medalla de oro. Ah, aquellas viejas épocas.

A pesar de que ahora otras competencias internacionales han conquistado mi corazón (sí, te estoy viendo a ti, Mundial de Fútbol) los Juegos Olímpicos siguen siendo para mi un recordatorio de la increíble capacidad que tenemos los seres humanos para utilizar nuestro cuerpo y lograr cosas impresionantes.

Qué lástima que estos Juegos hayan demostrado también la increíble capacidad que tenemos los mexicanos para jodernos a nosotros mismos.

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