Tan cerca y tan lejos.

“No te duermas, niña. No te duermas porque si te quedas dormida te vas a pasar de estación. ¡Abre los ojos!”
Los abrí, agradeciendo que la vocecita en mi cabeza me hubiera alertado antes de quedarme completamente dormida en el metro. Miré el reloj, las 7:30 am. Tenía una hora desde que había salido de mi casa y todavía me faltaba otra hora para llegar a mi trabajo.
“Bueno, podría ser peor”.
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Después del pisoteo y apretón diario que sufre mi cuerpo en el citado metro, salí de la estación y caminé al edificio donde seguramente me esperaba otra larga y pesada ronda de “soy-la-chica-nueva-tengo-muchos-pendientes-y-necesito-que-me-expliquen-cómo-hacerlos-porque-no-la-quiero-cagar-muchas-gracias”.
Le sonreí sin muchas ganas a los polis que están en la entrada del edificio, y me cuentan la excelente noticia de que el elevador no funciona y ahí me ven subiendo por las escaleras muuuuy despacio los diez pisos hasta las oficinas. Ya no podía ni caminar.

Llegué sofocada al Penthouse, abrí la puerta de cristal y sólo quería tumbarme en mi silla un momento. Caminé hasta mi lugar y entonces ahí estaba: su café. Humeante y listo, justo enfrente de su computadora. Me regresé a la entrada, esperando como tonta ahí parada durante unos minutos. Después caminé hacia mi lugar de nuevo y entonces sí, el lugar no estaba vacío. De haberme sentado antes no hubiera tenido oportunidad de saludarlo bien, así que pretendí que acababa de llegar y lo saludé con una sonrisa, un abrazo y un beso.

Olía bien, se veía un poco cansado pero con ánimos por comenzar sus actividades. Para mi buena fortuna, se sienta en la mesa de enfrente, y mi computadora no lo bloquea de mi vista.
En lo que dejaba mis cosas, el cansancio se me olvidó: su sonrisa de buenos días hizo que el trayecto valiera la pena.
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“A ver, tengo que subir unas campañas y luego verificar que se publiquen los anuncios. Tengo que verificar que el tráfico de sitio esté correcto, mandar unas facturas a finanzas y escribirle un mail al proveedor para que tengamos llamada mañana a las 10”

Mi mesa estaba llena de notitas y apuntes. Este trabajo implica hacer algunas cosas nuevas y no la quiero regar.
Entonces lo miré, sólo un rato. Me gusta cómo se viste.
Alguien le dijo algo, se levantó y apoyó su mano en la mesa. También me gustan sus manos. No me vio pero estaba sonriendo como una tonta.
“Oye, los pendientes que tienes son para hoy, ¿eh?”
Sí ya sé, ya sé, méndiga vocecita interior. Abrí Adwords y seguí  trabajando.
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Hubo un día que nos tocó comer juntos, afortunadamente en la oficina hay muchos fans del “eating-in-office” y puedo llevar comida de casa. Estábamos sentados los dos en la mesa, frente a frente.
“No puede ser posible que te tiemblen las piernitas cuando te habla si apenas tienes tan poco de conocerlo”
Y en realidad, desde la primera vez que lo vi llamó mi atención. Para que te atraiga alguien deben de juntarse dos factores: el físico y el de la personalidad.
Físico: Ok. Es alto, delgado, de ojos claros, piel blanca, cabello oscuro y barba (no mucha, pero justo la necesaria) Tampoco es grande la diferencia de edad, de unos cuantos años a lo mucho.
Personalidad: es buena onda, amable y atento.  Va bien pero le falta algo…
-Por cierto -me dijo- me gusta cocinar. Me relaja mucho. Hago unos platillos vegetarianos muy buenos (y no es por presumir)
Le gusta cocinar. Maldita sea.
Personalidad: Ya no le falta ése algo.
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“Es soltero” me dijo una fuente de confianza. Soltero, heterosexual (Dios, no me salgas con otro Ricky Martinazo por favor), buena onda, accesible, amable, trabajador.
Me preguntó que estaba haciendo y le mostré mi avance del día. Sonrió, debía de estar haciendo bien las cosas.
Fue en ese entonces que me di cuenta que si tenía una motivación puramente sentimental (alejada de toda la experiencia y lo que pudiera aprender en esta nueva etapa, que también me motiva) para ir a trabajar con ese trayecto y esas chingas diarias… debía ser él.
Supe que si me levantaba esperanzada todos los días era para verlo. Ahí fue cuando lo supe.
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Hoy iba saliendo de la oficina y antes de irme lo volví a ver. Estaba absorto en su trabajo, y sólo alcancé a decirle “nos vemos mañana, que descanses”. Me miró y se despidió también.
Debieron ser tan sólo tres segundos o tal vez dos. Me quedé ahí parada viéndolo otra vez.
Tenía ganas de decirle algo, cualquier cosa… pero en lugar de eso me di la vuelta y caminé a la salida.

¿Saben? No estoy enamorada. Me gusta, sí. Mucho. Cada día descubro algo más de él que me gusta.
Tampoco he descuidado mi trabajo ni he dejado de aprender por estar viéndolo. Tampoco se ha dado cuenta.
Simplemente me gusta y si eso me sirve para acostumbrarme a esta nueva rutina, bienvenida sea la motivación extra.
Estamos tan cerca y tan lejos. Qué curioso.
Yo sé que es imposible. “Dile algo, invítalo a salir, anímate, no te quedes con las ganas de confesarle tus sentimientos” son algunos de los consejos que he recibido. Pero no puedo, porque estas cosas se guardan en una etiqueta muy definida en la vida, y ahí se quedan, regularmente. 

Ojalá fuera un compañero de trabajo más. Ojalá todo fuera tan fácil como decirle “oye, ¿te gustaría ir a algún lado el fin de semana?” O pedirle a alguien de la oficina que me investigue un poco más, pero desgraciadamente es más difícil que eso. 

Y es que cuando el que te gusta es tu jefe directo… bueno, las cosas tienden a etiquetarse de imposibles.

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