Se llama Lionel.

Hace unos días el recordatorio de mis recuerdos en Facebook me invitaba a revisar publicaciones pasadas. Al mirar lo que publiqué hace dos años me encontré con esta imagen:

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El principio del fin

¿Saben?, antes de ese día nunca había ido a un partido de fútbol. Nunca. La verdad es que no entendía ni siquiera la ciencia o la diversión de ver a unos individuos corriendo como mensos detrás de un balón. Sin embargo, aquel 4 de junio era especial porque estaba en Buenos Aires, a pocos días de que iniciara el Mundial de Fútbol y el hecho de poder ver a la Selección Nacional de Argentina en vivo antes de probar suerte en Brasil era una oportunidad que simplemente no podía dejar pasar.

El ambiente del estadio, increíble. Estar rodeada de argentinos apoyando a su Selección es una experiencia bastante curiosa (una en donde si no saltas, eres inglés). Y evidentemente los jugadores argentinos (varios de ellos considerados dentro de los mejores del mundo) ofrecen una emoción que parecía que todo el estadio había desaparecido y únicamente quedaran en el campo aquellos chés vestidos de azul.

Ahí lo empecé a buscar con la mirada. Porque, aunque no te guste el fútbol, te suena su nombre y sabes por qué hablan de él. Sabes que tienes que verlo para contárselo a tus hijos algún día.

Y andaba yo recorriendo con la mirada a los futbolistas argentinos cuando de repente, pasó:

Los ojos de todo el estadio estaban puestos en aquel chaparrito vestido de azul que había recibido la alabanza del jugador contrario. De hecho, gran parte del estadio estaba ahí esa noche no solamente para desearle suerte a sus gladiadores en tierras brasileñas, sino también para verlo a él. Para descargar toda la expectativa, sueños y esperanzas de un país entero en sus hombros y después poder exigirle resultados.

Queridos lectores, por exagerado que parezca, ése momento y ése partido en especial cambiaron mi vida. Fue casi como la primer vez que escuché a los Beatles o tomé un libro: son ésos pequeños momentos en donde te nace una afición, qué digo afición, una pasión… un gusto que define parte de tu personalidad e influye invariablemente en tus intereses y decisiones futuras. A partir de ese momento, decidí que dedicaría una importante parte de mi tiempo en investigar más a fondo a aquel individuo narizón y bajito.

Tengo que admitirlo, al inicio una buena parte de mi interés se debió a la atracción física (ahórrense las molestias de repetirme que tengo el gusto perjudicado o que no es precisamente el hombre más guapo del mundo). El rosarino me parece un hombre extremadamente atractivo. Qué se le puede hacer.

Pero ya investigando a fondo, decidida a fijarme en sus logros más que en sus bien formadas piernas, me adentré en su historia… ¡y qué pinche drama! De verdad, como guión de película. El niño superdotado pero enfermo, la familia a la que nadie ayuda,el viaje lejos de su hogar y la decisión de continuar sin sus seres queridos en un país extraño. Todo aderezado con sus dosis de comedia, genialidad y emoción.

Es digno de reconocerse y de observarse. Como toda adicción, poco a poco comenzó a ser fundamental ver al menos un video de sus proezas. Me generó una dependencia bárbara. Puse como favoritos los canales de deportes. Comencé a agregar a mi vocabulario términos futboleros y a marcar en mi agenda las fechas de cuanto torneo se presentara. ¿Quién carajos era el FC Barcelona antes de “descubrir a este hombre”? Nada. ¿Qué es el FC Barcelona hoy en día? Mi equipo de fútbol favorito.

He visto infinidad de videos, me sé de memoria el texto de Hernán Casciari, he escuchado las alabanzas de los comentaristas deportivos cada vez que hace una de sus genialidades en el campo… y en verdad, cada partido es una oportunidad para volverme a enamorar de la magia que provoca.

A veces me arrepiento de no haberlo descubierto cuando su carita estaba llená de acné, tenía el cabello largo y era una máquina goleadora que no paraba en ningún momento. Algunos opinan que ésa fue su mejor época. Pero ¿a quién engañamos? el petiso ha evolucionado, ahora es un estratega, no necesita meter cinco goles en un partido para dominar y dar cátedra. Antes era puro talento saliendo a borbotones… ahora es medido, poco a poquito, dosificado, sorprendente. Capaz de mantenerse tranquilo y en cuanto empieza a correr… ¡pum! te cambia el partido. Da asistencias. Observa el panorama completo. Tiene calculados todos sus movimientos. No es la mente de un adolescente encendido por la pasión de tener la pelota entre los pies, sino la de un hombre experimentado que encauza mejor esa misma pasión.

Hace unas semanas hizo su debut en el segundo tiempo del partido de Argentina vs Panamá en la Copa América. Un partido francamente aburrido donde la mayor parte del tiempo se la pasaron dándose golpes y acumulando tarjetas, se transformó completamente cuando ÉL entró en la cancha. Metió tres goles exquisitos, se ganó la ovación de sus compatriotas (que no lo quieren mucho que digamos) y le cerró la boca a cualquiera que se hubiera atrevido a decir que no tiene personalidad para ser líder (ejem, ejem, Maradona). Yo creo que un líder debe inspirar, cambiar el ambiente, poner todo de su parte para que el equipo gane y siga adelante. Todo eso lo logró en pocos minutos.

Y así sigue el chaparrito, despertando este tipo de reacciones a donde va:

Creo que todos los deportistas son artistas: lo que hacen en sus respectivos campos es arte. Éste hombre nacido en Rosario, Argentina, es un escultor capaz de modelar una jugada perfecta; un pintor que da pinceladas de auténtica genialidad en cada paso; un músico que con cada gol provoca sinfonías de triunfo y alegría para los espectadores.

No soy una experta de deportes, por supuesto que no. Pero sé lo que se siente cuando algo te emociona y te apasiona. Cuando ves algo que no es fácil de explicar.

Cada que lo veo jugar me emociono, se me dilatan las pupilas. Trato de no perderme ni un solo detalle de ésos caños impresionantes, de su estrategia en la cancha, veo cómo todo su cuerpo se mueve a mil por hora y corre tan rápido que se les escapa a los rivales. De pronto ya no es un chaparrito tímido que podría pasar incluso desapercibido ante el porte de otros jugadores. Él se transforma, se convierte en una bala, se enciende y se quita de encima a los rivales. Corre hasta perderse y culmina en dos cosas: un pase estratégicamente colocado para que alguien más lo meta, o en un golazo directo. Y entonces este individuo grita, aprieta los puños, sonríe, es el hombre más feliz en la faz de la tierra. Y sube sus manos apuntando al cielo… siempre al cielo.

Me gusta verlo porque le apasiona lo que hace y te contagia esa pasión. Hay quienes dicen que no es humano, y ciertamente a veces resulta difícil creer que lo sea. Es fuera de serie, se han agotado los adjetivos tratando de describir su talento nato.

Y sí, es verdad. Existen y existieron jugadores mejores o de igual genialidad, pero ninguno de ellos ha sido capaz de despertar en mi las sensaciones que él me provoca. La emoción, la anticipación, la falta de palabras…

“Tiene cara de idiota”, “es un estúpido”, “no veo ni un ápice de intelectualidad en él” y demás opiniones de ese estilo. A ver señores, paren de chingar con eso: la inteligencia no se mide solamente por cuántas ecuaciones lineales pueden resolver, existen distintos tipos de inteligencia, todos igualmente valiosos y necesarios para vivir y destacarse en algo. ¿Que si el argentino puede resolver una ecuación matemática? la verdad no lo sé y no me importa. Pero los reto a cualquiera de los que lo llaman estúpido a jugar como lo hace él, y veamos quien se ve más estúpido.

Que si las faltas, que si los errores, que si los niños con la mano estirada, que si Panamá Papers y la evasión fiscal… claro, lo reconozco, estamos hablando de un ser humano que tiene errores. Y errores muy graves a veces. Pero mi objetivo al escribir esta entrada no es resaltar eso, no.

Hoy quiero escribir sobre lo bueno, contribuir con unas cuantas palabras a todos los textos, alabanzas y análisis que se han hecho. Sus acciones buenas que inspiran, emocionan y alegran.

Hoy me dio por escribir sobre cierto deportista que hizo que me gustara el fútbol y por el cual empecé a ver partidos completos. Me hizo leer libros sobre el deporte y debatir opiniones junto con otros aficionados.

Me hizo sentir una emoción indescriptible cuando lo vi en persona. Algo cambió en mi y nunca volverá a ser igual.

Pero sobre todo, me hizo escribirle esto hoy, justo hoy que es su cumpleaños.

Yo creo que han oído hablar de él: se llama Lionel.

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