Historia de una canción

No era fácil estar en París.

Había llegado a la ciudad buscando desesperadamente audiciones en cualquier bar o teatro como cualquier otra joven de mi edad que quiere ser artista. Mi sueño siempre ha sido ser bailarina: el escenario me llama, me envuelve… cuando siento la música en mi cuerpo ya nada más importa.

Una noche vagaba sin rumbo por los bares del boulevard, arrastrando mi maleta. Estaba buscando un lugar decente y barato donde quedarme así que me registré en un sucio hostal y al subir las escaleras para ir a mi cuarto me crucé con él: llevaba un abrigo negro, era alto, fuerte, con el cabello castaño largo recogido en una cola de caballo. Tal vez no hubiera reparado en su presencia si no hubiera chocado conmigo accidentalmente. Al abrirse su abrigo me fijé en la camisa blanca que llevaba puesta, manchada de sangre. Él advirtió mi mirada curiosa, cerró bruscamente su abrigo y salió por la puerta. Desde ese momento supe que no habría forma de olvidar su rostro.

Los días que siguieron a ese evento, estar en París se volvió peligroso. Poco a poco empezaron a llegar advertencias sobre los riesgos de estar deambulando por las noches en la ciudad. Vecinos comenzaron a desaparecer y nadie sabía su paradero. Al hostal llegaban personas con nuevas historias todos los días, afirmando que había una sensación oprimente de peligro en el aire como jamás habían sentido antes. “La mort est dans l’air de la nuit”, decían.

La mort est dans l’air de la nuit.

Al misterioso hombre de la escalera lo encontraba de vez en cuando, siempre por las noches, saliendo del hostal. Sus ojos se fijaban en mi cada vez que pasaba a su lado. Había algo en él tan atrayente… ya era mayor, unos cuarenta años, con andar rápido y cauteloso, como si estuviera cuidándose de algo o alguien. Al salir del hostal siempre hacía la misma rutina: se paraba justo en el centro de la calle cuando había nubes en el cielo y su figura casi se perdía en la oscuridad. Después levantaba la cabeza, parecía que olfateara el aire… y cuando al fin aparecía la luna llena, majestuosa, grande y brillante, él ya había desaparecido. Siempre así.

Una noche de otoño salía de un teatro donde acababa de hacer una audición. Con el creciente peligro y las habladurías de la gente, estar sola por las calles oscuras me ponía algo nerviosa, así que comencé a caminar lo más rápido que pude. Era una noche fresca, aparentemente tranquila, las nubes ocultaban la luna. A punto de llegar al hostal percibí una silueta sentada cerca del río. Sólo una solitaria farola iluminaba el pedazo del puente donde la figura se encontraba.

¿Por qué me acerqué? Bueno, curiosidad, supongo. Hubo algo inexplicable que me atrajo. Al observar con atención vi que era un hombre… específicamente, era el misterioso extraño de mi hostal sentado en la oscuridad de aquel puente, sosteniendo algo que masticaba ruidosamente.

Él sintió mi presencia. Dejó de comer y se quedó muy quieto, mirando al río, esperando que me alejara o que iniciara la conversación.

-Hola… lamento interrumpir. No quería molestarte -me senté con cuidado al lado suyo.

No me respondió. Se limitó a mirarme un par de segundos para después echar una rápida ojeada al cielo nublado y seguir contemplando el río. Escondió lo que estaba comiendo en el bolsillo interno de su abrigo.

-Una noche muy linda, ¿no lo crees?

Oui… trés belle -respondió con una voz profunda, llena de sarcasmo- No deberías estar aquí. Es peligroso andar sola a esta hora.

-¿Tú crees las historias?, ¿crees que existe un peligro en esta ciudad?

Se tomó un momento antes de responder.

-París está perdida. Un monstruo camina de noche por sus calles. No hay nada que se pueda hacer… así que ten cuidado.

No entendí el significado de aquellas palabras. Lo notaba nervioso pero al mismo tiempo respiraba profundamente, mirando el río, mirándome a mi… y luego al cielo. Siempre al cielo. Parecía que una batalla interna se libraba en el alma de ese hombre.

-Y si París es tan peligroso, ¿qué haces tú de noche solo por las calles? ¿Acaso no temes al monstruo?

Fue la primera y única vez que lo vi sonreír.

-¿Alguna vez has jugado al Siam con un mago?

Conocía el juego, pero eso no tenía nada que ver con mi pregunta.

-Yo jugué una vez … -nuevamente miraba al cielo nublado- Sólo una vez. Aposté ganarle al mago y perdí.

-¿Qué perdiste?

Me miró fijamente durante unos segundos.

-Mi alma.

Aquel misterioso hombre se levantó y me ofreció su mano. “Ven conmigo” susurró.

Entramos al hostal y me llevó a la azotea. El hostal era muy viejo y apenas se mantenía en pie, pero desde ahí arriba se veía prácticamente toda la ciudad.

-La vista aquí te quita el aliento. Jamás había subido.

-Yo sí, casi siempre. Me gusta estar aquí. Hoy será la última vez… me voy del hostal esta misma noche.

-¿Por qué?

Otra vez la misteriosa sonrisa.

-No quiero ponerlos en peligro más tiempo.

-No entiendo lo que dices. ¿Por qué nos pondrías en peligro?

Me tomó de los hombros. Tenía su rostro a escasos centímetros del mío.

-Escúchame, conserva en tu memoria esta advertencia. Jamás vuelvas a salir sola de noche cuando haya luna llena. Si puedes irte de París, mucho mejor. No me gustaría cargar con el peso de tu muerte en mi conciencia… ya hice mucho daño.

Estaba a punto de preguntarle qué quería decir con eso cuando el cielo se despejó un poco y algo de luz de luna se filtró entre las nubes. Como si le hubieran dado una descarga eléctrica, bruscamente me soltó y corrió hacia la escalera que llevaba al interior del hostal.

-¡Espera, no te vayas! -le grité, aunque fue inútil. Desapareció justo cuando el cielo se despejó por completo. Me quedé sin palabras ante la hermosura que me rodeaba: una noche plagada de estrellas con la luz de la luna llena bañando de plata los tejados de París.

La luna llena… ¿por qué la advertencia de aquel hombre sobre la luna?

Me fijé que junto a la puerta había algo tirado en el suelo. Era lo que él estaba comiendo antes de que yo llegara, se le había caído del abrigo durante su rápida huída. Al agacharme para verlo de cerca solté un grito: era una mano humana. Le habían arrancado pedazos de carne a mordidas.

Cuando me recuperé de la horrible impresión, abrí la puerta y bajé lentamente la escalera. Pasé junto al cuarto de aquel extraño y la puerta estaba abierta… no había rastro ni de él ni de sus cosas.

-Tomó su maleta y se largó -me dijo el dueño del hostal- Dejó algunos francos en el mostrador y salió huyendo. Un gars étrange

-¿Cuál era su nombre?

-Denis. Denis Bélanger.

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Ahora, un mes y medio desde aquella ocasión, estoy sentada frente al espejo de un bar en el centro mismo de París, contemplando mi reflejo. Me ofrecieron el papel de bailarina principal en una pequeña unión de artistas itinerantes.

Dos semanas atrás un hombre llegó a la estación de policía extremadamente alterado: presenció cómo una prostituta era devorada por un lobo enorme durante una noche de luna llena. El hombre afirmó que al ocultarse la luna, aquel monstruo se transformó en un ser humano y al verse descubierto huyó corriendo hacia el río. Ésa misma noche se registraron desapariciones de otras personas e inclusive un joven extranjero llegó de urgencia al hospital gritando que un lobo enorme había intentado comerlo cuando salía de un bar cercano a la Torre Eiffel. Falleció pocas horas después a causa de las heridas.

La noticia corrió como pólvora por toda la ciudad y ahora los vecinos se están organizando con antorchas y armas, atentos a cualquier indicio de un lobo merodeando por los callejones.

Los demás artistas y yo nos vamos mañana mismo de la ciudad, pero esta noche toca presentar mi número. Quiero contar con mi danza la historia de una joven que cierta noche fría de otoño fue a contemplar la luna llena junto al monstruo que aterrorizaba a la ciudad:

El lobo-hombre de París.

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