Miedo, demonios, espíritus chocarreros y el eterno debate entre el bien y el mal.

Cuando estoy en casa me gusta hacer dos cosas: leer y después ver películas. O ver películas y luego leer. O leer mientras veo películas. El punto es que el cine me gusta mucho, al igual que la lectura. Ya he escrito de cine anteriormente en este blog y hoy quiero compartir con ustedes una reflexión que ha estado en mi cabeza después de haber visto una película en particular (esta entrada es un poco larga así que si quieren acompañarme en esta disertación filosófica, son más que bienvenidos)

Al mal tiempo, películas de terror.

Nunca he sido fan de las cintas de terror. Desde pequeña las he odiado. Tal vez sea característica mía ser miedosa pero ni modo, lo soy. Y bastante: soy incapaz de meterme a la sección de miedo del Museo de Cera o a una casa embrujada. Ver una película de terror para mi equivale a no dormir bien las siguientes dos o tres noches, a subirme corriendo las escaleras de mi casa con miedo de que algo me agarre el pie, a no mirar los espejos porque siento que una cosa espantosa se va a asomar. Tengo una imaginación bieeen grande y una cinta de terror me deja traumada (así sea la película más estúpida que me pongas. Hoy en día todavía me da miedo Chucky, háganme el favor)

Sin embargo, algo muy chistoso me pasa algunas veces: cuando me siento triste, deprimida, cuando todo me sale mal, cuando mi vida es una mierda… me dan ganas de ver películas de terror: busco en la tele y en internet los títulos más sonados, los clásicos, los que causaron más escándalo. Y los veo. ¿Saben por qué? Porque en esos momentos pienso “quiero ver historias de personas a las que se las esté llevando la chingada más que a mi. A lo mejor mi estabilidad emocional es un desmadre pero el cuate que está en pantalla fue poseído por un demonio, así que no estoy tan mal” o “si ya las cosas están así, pues ¿qué tanto más daño me van a hacer un par de noches sin dormir?”

Recientemente tuve uno de esos días (he tenido varios en realidad, pero ése no es el punto) en el que todo, absolutamente TODO sale mal. Días que me escupen en la cara y me dejan agotada de tanta tristeza. ¿Y saben qué hice? ¡me puse a ver una película de terror! ¡yei!

El-conjuro-poster

Si quieren mi comentario técnico les puedo decir que la peli es BUE-NI-SI-MA. En serio, la recomiendo bastante por si no la han visto (no la vean de noche y a solas porque la van a pasar muy mal). En tiempos como éstos, donde cine de terror es igual a sangre a borbotones, diálogos estúpidos y jump scares baratos, El Conjuro (The Conjuring) es una cinta que juega con la anticipación y el suspenso de una manera muy inteligente. Resulta particularmente aterradora por su efectividad: la atmósfera, música, vestuario y actuaciones son 100% creíbles. Tu imaginación espera que en cualquier momento algo terrible suceda o aparezca y cuando llega el momento… no pasa nada. Y cuando menos te lo esperas… ¡BUM! ahí está. Es buena en verdad. Véanla.

No me extenderé tanto en la crítica cinéfila porque realmente de eso no quise escribir. Lo que sucedió cuando terminé de verla fue que encendí todas las luces de mi casa, me persigné, apreté mi pulserita con medallas de todos los santos y miré al techo. Entonces me puse a pensar. Más que una buena cinta de terror, para mi El Conjuro significó la oportunidad perfecta para escribir sobre nuestra noción del miedo y el eterno debate entre el bien y el mal.

Miedo chiquito, miedo grande.

Cada que vemos o leemos algo relacionado con el terror, podemos pensar qué es lo que significa en realidad “tener miedo”. Si yo les preguntara a ustedes cómo definirían el miedo, ¿qué me dirían?

El miedo es una emoción, un sentimiento, caracterizado por una intensa sensación desagradable provocada por la percepción de un peligro, real o supuesto, presente, futuro o incluso pasado (según Wikipedia). Todos hemos experimentado miedo alguna vez en nuestras vidas. Las películas de terror son un negocio grande que monetiza el deseo de sentir adrenalina corriendo por nuestras venas. Es un servicio que consumimos a cambio de sentir miedo. Buscamos el miedo, queremos el miedo. Si la película no nos asustó, entonces es mala.

A como lo veo yo, hay dos tipos de miedo: miedo chiquito y miedo grande. Mis miedos chiquitos: los insectos, los rayos, volar en un avión de noche, que se me olvide enviar algo importante en el trabajo, hacer el ridículo frente a alguien que me interesa, estar atorada en el tráfico y que me den ganas de ir al baño…

Mis miedos grandes: que me secuestren, que le pase algo malo a mi familia, que me agredan física o psicológicamente, que les hagan daño a mis amigos, que se muera mi perro, que muera yo de una forma dolorosa…

¿Lo ven? Todas son situaciones que implican un peligro, y hay peligros más grandes que otros. Todas son situaciones que me dan miedo y que por ningún motivo quiero que sucedan.  Si acaban de leer esto, seguramente pueden identificar sus miedos chiquitos y sus miedos grandes. Piensen en ellos. Reconózcanlos. Todos los tenemos.

Enfocándonos particularmente en el tema del Conjuro, es una película que quiere que tengamos miedo a algo paranormal, demoniaco, malo. ¿En qué clasificación poner el miedo a las fuerzas oscuras que habitan el mundo?, ¿es un miedo chiquito o un miedo grande? Y resulta interesante cómo acá influye notoriamente la religión. OJO, este no es un blog religioso ni les vengo a leer la Biblia, pero chéquense estas dos opiniones:

“El miedo a lo paranormal y al chamuco es un miedo chiquito. Son pendejadas. Para mi un miedo grande es perder mi casa, mi familia, mi trabajo, no tener qué comer ni a dónde ir. Eso sí da miedo. A mi me dan más miedo los vivos que los muertos, la verdad”

Fulano, 29 años. Práctico. Cree en sí mismo y nada más.

“Yo creo que el miedo a lo sobrenatural es un miedo grande. A mí sí me da miedo lo que implican las “fuerzas oscuras”, por muy estúpido que eso suene. Todo el mal que puede pasarte o el daño que otras personas pueden hacerte tiene su origen en eso, a mi parecer. Si no le temes al mal más puro… ¿entonces a qué le temes?”

Mengano, 27 años. No cree en Dios como tal pero sí cree que existe algo superior a él mismo.

Ambas opiniones son totalmente válidas. ¿Ustedes en qué clasificación pondrían el miedo que películas como la de James Wan tratan de vendernos?

¿Les da más miedo algo que no pueden ver (y que ni siquiera saben si existe) o a lo que se enfrentan todos los días cuando salen de su casa?

¿Les asustan más las pruebas de que los demonios existen o saber que los feminicidios van en aumento?

¿Es más temible la noción del Diablo como tal o un violador que está suelto en las calles?

¿Piensan que son la misma cosa?

De imágenes infantiles a creencias adultas.

Ya hablamos de los miedos e hicimos esa pequeña reflexión de nuestros miedos chiquitos y grandes. Sin embargo, si nos enfocamos 100% al tema de lo demoniaco, paranormal, sobrenatural y oscuro, todos seguramente tenemos una opinión al respecto.

El impacto de los siguientes párrafos dependerá mucho de sus creencias, sé que no todos pensamos igual, respeto eso, pero finalmente este es mi blog y les diré lo que yo creo:

Yo SÍ creo que existe el Bien y el Mal. En un inicio, mi concepto del Bien y del Mal era abstracto, como imaginarme humo blanco o humo negro flotando en un espacio vacío. Para que mi cerebro pudiera procesarlo, tuve que darle una forma a ése concepto. Un cuerpo, una identidad… ALGO que me permitiera nombrarlo. Más allá de decir “Bien” o “Mal”, porque sentía que no era suficiente. Estoy hablando del Bien más Bien de los Bienes, y del Mal más Malo de los Malos, el Bien Supremo y el Mal Supremo. De donde surgen todas las cosas bonitas y buenas del mundo y también de donde se origina toda la peste, muerte, destrucción y horror.

Como fui a escuela católica desde niña, acepté la forma que las monjitas me explicaron se le daba a ésos dos conceptos: a uno le llamé Dios y al otro Diablo. Ambos influyeron en mi educación y en la formación de mis creencias: yo le llamaba “obra de Dios” a todo lo bueno que me pasaba: si mis papás me compraban ésa muñeca que tanto quería sabía que Dios había intervenido. Para mí el Diablo era ese niño horrible que me molestaba en la escuela y me pegó en la cara con un balón de futbol. Es increíble cómo te afectan ésas imágenes: cuando leía sobre Dios me reconfortaba, aunque también me daba miedo porque sentía que si él se enojaba podía causar un terremoto que nos matara a todos. No quería ni ver imágenes del Diablo porque las cabras peludas ésas que enseñaban, con ojos rojos y lenguas de fuego me provocaban pesadillas. Hasta tenía miedo de decir “Diablo” en voz alta. Era como la peor grosería de todas.

Cuando crecí mi imagen de ambos personajes se modificó y aprendí a aceptar ambos conceptos. Ya no a tenerles miedo, sino a reconocerlos y respetarlos. Actualmente Dios ya no es el viejito barbudo que se sienta en una nube, ni el Diablo es un hombre con patas de cabra y cuernos. Si me pidieran que los dibujara como los imagino, creo que dibujaría a dos personas comunes y corrientes (inclusive mujeres, por qué no). Creo firmemente que en el mundo hay fuerzas buenas y fuerzas malas y Dios o el Diablo podrían parecerse a cualquier persona que conozcamos.

Sí creo en algo más allá, ¿saben? no me gusta pensar que estamos aquí porque sí y ya. Creo que somos energía y cuando morimos dejamos parte de ésa energía en el mundo y de ahí surge lo sobrenatural (y muchos le llaman a eso fantasmas). Si estamos llenos de energía, tenemos energía buena y mala. Una la controla y la otorga a lo que yo llamo Dios y a la otra la controla lo que yo llamo Diablo. Así es como yo lo veo.

El balance en el mundo.

Casos reales de posesiones demoniacas, casas “embrujadas”, sucesos inexplicables… sí, claro, parece una tontería, pero en mi punto de vista son fenómenos que se encuentran junto a los ataques terroristas, narcotráfico, violaciones, asesinatos, guerras, tráfico de personas, matanzas a animales, robos, corrupción… son todos un ejemplo de que el mal habita la tierra y se manifiesta constantemente. Llamémosles el resultado de las “fuerzas del mal” (la verdad no se me ocurre otro nombre, pero creo que entienden lo que quiero decir).

Ahora bien, se supone que debería de haber un balance en el Universo… ¿no?

¿No han escuchado eso de que por cada cosa mala hay una cosa buena?, eso de que cuando una puerta se cierra se abre una ventana, el ying y el yang, el equilibrio entre bondad y maldad… ¡el Universo debería estar equilibrado! No sería justo ni lógico que haya más mal que bien o que el Diablo sea más fuerte que Dios (recuerden mis conceptos de éstos últimos) y sin embargo… todo pareciera indicar que sí.

El Conjuro (basado en una historia real) muestra las desgracias por las que pasaron los Perron (la familia de la película) por culpa de los demonios que estaban en su casa: una verdadera pesadilla. Quién sabe cuántas cosas terribles hayan visto los Warren en su vida.

Si tomamos el término “demonio” como una masa amorfa de pura maldad que obliga a las personas a hacer cosas atroces, un ángel debería ser la respuesta del bien ante eso. ¿Por qué no hay tantos casos y tan famosos de personas que tuvieron una plática con ángeles, que presenciaron milagros?, ¿por qué siempre se está hablando de personas que experimentaron exorcismos, posesiones, demonios, fantasmas; y no de personas que vieron ángeles? ¿dónde están ésas poderosas manifestaciones de “las fuerzas del bien”?, ¡¿DÓNDE ESTÁ EL SUPUESTO BALANCE EN EL UNIVERSO?!

Ahí estaba yo dándole vueltas a esto cuando creo que llegué con la explicación más razonable posible:

El propósito de estos “demonios” es lastimarte. Matarte. Joderte. ¿Qué es lo opuesto a lastimar, matar y joder?: cuidar, proteger, conservar. El propósito del mal en el mundo es matar a los seres humanos, el propósito del bien en el mundo es cuidarlos.

El mal siempre se manifiesta de maneras poderosas. La manifestación poderosa del bien es cuando sigues vivo, a pesar de todo.

Ustedes piensen en todo, absolutamente TODO lo malo que podría pasarles desde que ponen un pie afuera de su casa. Y me refiero a miedos GRANDES: un secuestro, una violación, un asalto, un accidente, un ataque. Piensen en todas las posibilidades de que cuando salen ya no vuelvan a regresar, en toda la gente mala que está allá fuera y que si nos encuentra seguramente nos va a lastimar. A nosotros y a nuestra familia.

Y luego piensen en todas aquellas veces que han sobrevivido a algo de manera inexplicable. A lo mejor tuvieron una enfermedad muy grave y se curaron. A lo mejor estuvieron en un accidente grave y a pesar de eso siguen con vida. Recuerden aquellos momentos en donde vieron que las personas tenían tantita madre y se ayudaban unas a otras. Acuérdense de aquellas desgracias en televisión y cómo voluntarios de todo el mundo se pusieron de acuerdo para apoyar. Cuando las personas ayudan, cuando escuchamos buenas noticias, cuando regresamos sanos y salvos a nuestras casas todos los días… ésas son las manifestaciones de las fuerzas buenas del mundo. Ahí está el bien.

Es fácil pensar que el mal es más fuerte que el bien hoy en día (simplemente vean el noticiero o lean periódicos), pero yo creo que aunque a veces no nos demos cuenta, sí existe un balance en el mundo. El mal existe, pero también el bien.

 

“Diabolical forces are formidable. These forces are eternal, and they exist today. The fairy tale is true. The devil exists. God exists. And for us, as people, our very destiny hinges upon which one we elect to follow.”

“Las fuerzas diabólicas son formidables. Estas fuerzas son eternas, y existen hoy en día. El cuento de hadas es verdad. El diablo existe. Dios existe. Y para nosotros, como personas, nuestro destino depende de cuál de los dos decidimos seguir.”

― Ed Warren

¿Saben qué? Yo estoy de acuerdo con él.

¡Hasta la próxima entrada!

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