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El Gran Buenos Aires

Me pasó algo muy chistoso con esta entrada, queridos lectores. Originalmente estaba pensada para ser una entrada donde hablaría de mi reciente viaje a la Ciudad de la Furia y terminó siendo un post que mezcló la literatura con Argentina (y de una manera muy curiosa y casi providencial)

Hace unas semanas me dijeron en mi trabajo que me iban a mandar a Buenos Aires una semana para trabajar desde allá y conocer a mi nuevo equipo. Era cosa de no creerse, casi lloro de la emoción (para los que siguen este blog desde hace rato, sabrán que estoy completamente enamorada de Buenos Aires y que dicha ciudad significa mucho para mí)

Ante las largas horas de vuelo que me esperaban, decidí empacar un buen libro que me ayudara a entretenerme en el avión y en las odiosas conexiones. El elegido fue un libro que ya había leído con anterioridad pero que quise volver a retomar: El Gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald.

9788497936606

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Tercer aniversario.

-Buenos días, señorita. ¿En qué la puedo ayudar?

-Buen día. Quisiera ver las maletas que venden.

-Claro, ¿alguna marca o estilo en particular que le interese?

-Que sea de cuero. Debe de estar hecha de cuero, forzosamente.

-Ok, pues mire, tenemos éstas… son modelos ya muy antiguos, eso sí. Ya casi no se usan.

-No importa, son resistentes y el material es el indicado. Estoy celebrando un tercer aniversario, ¿sabe? Llevo tres años en una relación amarga y profunda. Amarga de mi lado y profunda… del mío, igual.

-¿De verdad?

-Sí… la ausencia amarga los recuerdos, pero lo profundo del amor ahí queda. Cada año compro un regalo según la tradición: primer año papel, segundo año algodón, tercer año cuero. Por eso la maleta.

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Segundo aniversario

Ciudad de México, 7 de marzo del 2016.

Querida mía:

¿No te encantan las cartas de aniversario? Hoy día ya no se le dedica el tiempo suficiente a leer una carta, mucho menos escribirla. Sí, lo sé, tal vez regalarte una carta sabiendo que hoy estamos celebrando una fecha especial sea un detalle raro.

Estuve pensando qué más podría ofrecerte, sabiéndote hermosa, orgullosa y vibrante. Pude haberte interpretado una canción pero no sé cantar. Una pintura, pero no sé dibujar. Una melodía, pero no toco ningún instrumento. Lo que realmente sé hacer y que me apasiona es escribir, así que perdona lo sencillo de mi regalo pero sabes que lo hago con todo el amor de mi corazón.

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Crimen

La espera me agotó,
no sé nada de vos.
Dejaste tanto en mí.

Estos días lejos de vos han sido duros, no lo puedo negar. Han sido días de una angustia pesada y honda que no se me quita. Ni siquiera sé cómo estás. Sólo veo las noticias y leo los periódicos, y si tu nombre aparece ya es motivo de felicidad por saber que no has desaparecido. Por saber que existes y que no fuiste sólo un sueño. Dejaste tanto en mí…

En llamas me acosté, en un lento degradé supe que te perdí.

Sí, ya estoy en casa. Tuve que dejarte (más por obligación que por gusto). Duele aceptar que te quedaste atrás, y se oye sumamente egoísta, pero…

¿Qué otra cosa puedo hacer?
Si no olvido, moriré.
Y otro crimen quedará… otro crimen quedará sin resolver.

Tengo que olvidarte, dejarte atrás. La nostalgia puede matar, ¿sabes? Muéstrame en qué libro, método, curso, taller, técnica o aula enseñan a olvidarte.

Una rápida traición: salimos del amor.
Tal vez me lo busqué.

Tal vez yo me lo gané al ser una extranjera en tu tierra florida. Tal vez cuando sellé mi pasaporte en el aeropuerto se les olvidó poner el sello del futuro anhelo. Y no es justo, yo no tengo la culpa.

Maldita, me traicionaste. Pensé que sólo eras bella y relucías de esplendor, libertad y aprendizaje sólo ante mis ojos. Y no, así eres para muchos.

Mi ego va a estallar ahí donde no estás.
¡Oh!… los celos otra vez.

Porque ahí estás pero yo no estoy ahí. Porque tienes a alguien más, a muchos, MILES más contigo. Porque ellos respiran, comen y viven de vos y yo no. Yo alguna vez lo hice… pero ya no. ¿Sabés una cosa? Te voy a olvidar. Bancátela.

¿Qué otra cosa puedo hacer?
Si no olvido, moriré.
Y otro crimen quedará sin resolver.

Ya basta de impunidad. Que te echen la culpa de mi nostalgia. Que el mundo entero sepa que me diste tantas cosas y luego se esfumaron.

Y me llamarán tonta, egoísta, loca y ridícula por haberme enamorado de vos. Será tu culpa…

…¿Será tu culpa? ¿O es la mía?

No lo sé.
¿Cuanto falta? No lo sé.

¿Cuánto falta para dejarte atrás? ¿Para olvidar? O mejor… ¿”para recordarte sin que duela”?

¿Podré enamorarme de otra? ¿O ya es muy tarde?

Si es muy tarde, no lo sé.
Si no olvido, moriré.

Ya sé. Voy a regresar, no me queda de otra. No me gusta vivir en el pasado pero es necesario esta vez.

¿Qué otra cosa puedo hacer?
¿Qué otra cosa puedo hacer? Ahora sé lo que es perder…

Se han cometido crímenes imperdonables. Le has hecho lo mismo a otros como yo.

Así que regreso a tu encuentro porque no quiero morir.

Si jamás te vuelvo a ver y la melancolía me consume:

Otro crimen quedará…
Otro crimen quedará sin resolver.

Obelisk on 9. July Avenue in Buenos Aires (Argentina)

La Milonga

-Vamos a bailar a la milonga.
-Dale.

Así comenzó nuestra aventura en aquella fría noche de junio. Buenos Aires se vistió de luces al aparecer las primeras estrellas en el cielo.
Mi amiga y yo buscamos el lugar donde el baile se celebraría, emocionadas al participar de una tradición argentina tan clásica e inconfundible, emocionadas de poder mostrar aquellos pasos de tango cuidadosamente practicados durante nuestras clases y entre nosotras en el departamento.

Tacones puestos, hicimos el recorrido hasta el club social y entramos en aquel edificio antiguo. Grupos de hombres dominaban las mesas del lado izquierdo, al centro una pista de baile impecable y a la derecha estábamos las mujeres, mirándonos de reojo. Era mi primer milonga y las manos me sudaban. Maldita sea, no quería parecer novata.

Cuando la primer tanda comenzó, mi amiga casi de inmediato asintió con la cabeza a un hombre que no había apartado sus ojos de ella desde que habíamos llegado. Se levantó de la mesa y avanzó hacia la pista para encontrarse con él. Yo corrí con menos suerte: a pesar de estar atenta a cualquier mirada o cabeceo de parte de algún caballero, ese momento no llegó. Resonaron los tangos mientras yo seguía el ritmo moviendo los pies.

Al escucharse la cortina mi amiga regresó a la mesa acompañada de su bailarín improvisado y yo seguía ahí, con la mano apoyada en la barbilla: expresión derrotista reflejada en mi cara.

En la siguiente tanda todo cambió: un chico me miró fijamente y señaló la pista de baile con la cabeza. No lo había visto antes, seguramente llegó cuando me quejaba sobre mi mala fortuna. Asentí con la cabeza y caminé hacia la pista, sin poder ocultar la sonrisa de mis labios: él era divino. Alto, cabello castaño oscuro, ojos grandes y sonrisa amable.

Danzamos ágiles por la pista. Aquellas clases surtieron efecto y me sentía en una especie de sueño, dejándome llevar escuchando el bandoneón…pero… ¡ah, la fatalidad! Todavía no había terminado la ronda cuando de repente perdí el equilibrio y estuve a punto de caer: mi tacón, mi hermoso tacón rojo que llevaba en el pie derecho, se había roto.

¡La desgracia! ¡la humillación! Mi cara se tiñó del color de dichos tacones y rápidamente busqué la salida más cercana. Cojeando y tropezando mientras chocaba con el resto de los bailarines, me precipité al jardín que quedaba al fondo del salón.

Cuando llegué ahí me dejé caer al suelo, oculta detrás de uno de los árboles. Me quité los tacones y comencé a llorar. Sí, es ridículo, lo sé, pero no pude evitarlo.

Unos momentos después, alguien tocó mi hombro. Pensando que era mi amiga, le dije que nos fuéramos de inmediato sin apartar la vista del suelo, me daba mucha vergüenza que viera mis lágrimas. Sin embargo, la voz que respondió no era la de ella.

“¿Te querés ir? Pero si aún no terminamos de bailar”

Cuando alcé la mirada ahí estaba él. Me ayudó a ponerme en pie y pasamos dos, tres rondas en el jardín rompiendo todo protocolo al bailar sin zapatos (él también se los quitó sin darme ninguna explicación).

Pensé que se ofrecería a llevarme a casa. Mejor aún, que me daría un beso apasionado y me diría que necesitaba volver a verme. Nada de eso sucedió. Al concluir nuestro encuentro, se calzó los zapatos, me dio un beso en la mano y dijo que tenía que irse, adentrándose de nuevo en el salón.

Fui tras él pero lo perdí entre los bailarines. Con los zapatos en la mano, me dirigí a la mesa donde estaba sentada mi amiga. Tuve que ponerme uno y me apoyé en su hombro para poder salir del lugar y tomar el bondi de regreso.

Las calles porteñas brillaban con las luces de una noche que parecía no tener fin y mientras veía a través de la ventana las siluetas de los trasnochadores desvanecerse a nuestro paso, llegué a la conclusión de que hay personas que no están destinadas a quedarse en tu vida, sino simplemente a pasar. Que su camino se cruzó con el tuyo una sola vez, y luego se van. Y no por tu culpa, no por algún desafortunado error del destino… sino porque simplemente así tiene que ser.

Cuando bajé del autobús, volteé para recordar qué número de ruta era. Y entonces lo vi a través de la ventana, él estaba sentado en el asiento de atrás. No me había dado cuenta que íbamos en el mismo colectivo.

El bus arrancó, él simplemente me sonrió y se despidió agitando la mano.
Pasó frente a mi a gran velocidad, desapareciendo en la noche.

Como si hubiera querido reafirmar mi teoría, jamás lo volví a ver.

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