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Mi media naranja (mecánica)

Hace unas semanas Cafebrería El Péndulo realizó una convocatoria para un concurso. Ahí me tienen leyendo las bases: “¿Alguna vez te has enamorado de un personaje literario? ¡Confiésaselo! En un máximo de 1000 caracteres, escríbele una carta de amor” Y pues dije:

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Y dio frutos, mis queridos. Gané el segundo lugar del jurado y aquí les dejo mi nota di amorts para que la lean. Como tiene su lenguaje peculiar (porque el libro fue escrito con el lenguaje nadsat y si no escribía mi confesión de esa manera, el destinatario no me iba a entender) también les pongo su respectivo glosario.

-Chudesño: extraordinario

-Videar: ver

-Drugo: amigo

-Guba: labio

-Grudos: pechos

-Lubilubar: hacer el amor

-Naito: noche

-Noga: pierna

-Nago: desnudo

-Joroschó: bueno, bien

-Goborar: hablar, conversar

-Slovo: palabra

-Sladquino: dulce

-Filosa: mujer

-Malenco: pequeño, poco

-Maluolo: mal, malo

-Pe y Eme: Papá y Mamá

-Prestúpnico: delincuente

-Apología: disculpa

-Rasdrás: enojo, cólera

-Débochca: muchacha

-Rasrecear: transtornar, destrozar

-Veco: individuo, sujeto

-Starrio: viejo, antiguo

-Bábuchca: anciana

-Militso: policía

Alex.

Alex mi amor: tengo que decirte la verdad. Desde aquel chudesño día que te videé en el Korovo tomando leche-plus con tus drugos, supe que mi corazón te pertenecía. Tengo que decírtelo: te amo. Es más, quiero tus gubas en mis grudos, lubilubar contigo todo el día y toda la naito. Noga con noga, nagos los dos. ¿No te parece joroschó? Déjame goborar slovos sladquinos en tus oídos. Permíteme ser tu filosa y acompañarte en tus bromas malencas. He oído cosas muy maluolas de ti, mi pe y eme dicen que eres un prestúpnico, pero no me importa. Al contrario, te entiendo y admiro. La ultraviolencia también es lo mío. Apologías si esta confesión te hace sentir rasdrás. ¿Qué puedo hacerle? Sólo soy una débochca enamorada. Si me correspondes, te espero mañana en el Korova para después ir a rasrecear a un veco starrio, molestar a una bábuchca o hacer el viejo mete-saca. Yo te cuidaré de los militsos. Nos divertiremos mucho, mi querido Alex, te lo aseguro.

Siempre tuya, Dany.

ALEX

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La Milonga

-Vamos a bailar a la milonga.
-Dale.

Así comenzó nuestra aventura en aquella fría noche de junio. Buenos Aires se vistió de luces al aparecer las primeras estrellas en el cielo.
Mi amiga y yo buscamos el lugar donde el baile se celebraría, emocionadas al participar de una tradición argentina tan clásica e inconfundible, emocionadas de poder mostrar aquellos pasos de tango cuidadosamente practicados durante nuestras clases y entre nosotras en el departamento.

Tacones puestos, hicimos el recorrido hasta el club social y entramos en aquel edificio antiguo. Grupos de hombres dominaban las mesas del lado izquierdo, al centro una pista de baile impecable y a la derecha estábamos las mujeres, mirándonos de reojo. Era mi primer milonga y las manos me sudaban. Maldita sea, no quería parecer novata.

Cuando la primer tanda comenzó, mi amiga casi de inmediato asintió con la cabeza a un hombre que no había apartado sus ojos de ella desde que habíamos llegado. Se levantó de la mesa y avanzó hacia la pista para encontrarse con él. Yo corrí con menos suerte: a pesar de estar atenta a cualquier mirada o cabeceo de parte de algún caballero, ese momento no llegó. Resonaron los tangos mientras yo seguía el ritmo moviendo los pies.

Al escucharse la cortina mi amiga regresó a la mesa acompañada de su bailarín improvisado y yo seguía ahí, con la mano apoyada en la barbilla: expresión derrotista reflejada en mi cara.

En la siguiente tanda todo cambió: un chico me miró fijamente y señaló la pista de baile con la cabeza. No lo había visto antes, seguramente llegó cuando me quejaba sobre mi mala fortuna. Asentí con la cabeza y caminé hacia la pista, sin poder ocultar la sonrisa de mis labios: él era divino. Alto, cabello castaño oscuro, ojos grandes y sonrisa amable.

Danzamos ágiles por la pista. Aquellas clases surtieron efecto y me sentía en una especie de sueño, dejándome llevar escuchando el bandoneón…pero… ¡ah, la fatalidad! Todavía no había terminado la ronda cuando de repente perdí el equilibrio y estuve a punto de caer: mi tacón, mi hermoso tacón rojo que llevaba en el pie derecho, se había roto.

¡La desgracia! ¡la humillación! Mi cara se tiñó del color de dichos tacones y rápidamente busqué la salida más cercana. Cojeando y tropezando mientras chocaba con el resto de los bailarines, me precipité al jardín que quedaba al fondo del salón.

Cuando llegué ahí me dejé caer al suelo, oculta detrás de uno de los árboles. Me quité los tacones y comencé a llorar. Sí, es ridículo, lo sé, pero no pude evitarlo.

Unos momentos después, alguien tocó mi hombro. Pensando que era mi amiga, le dije que nos fuéramos de inmediato sin apartar la vista del suelo, me daba mucha vergüenza que viera mis lágrimas. Sin embargo, la voz que respondió no era la de ella.

“¿Te querés ir? Pero si aún no terminamos de bailar”

Cuando alcé la mirada ahí estaba él. Me ayudó a ponerme en pie y pasamos dos, tres rondas en el jardín rompiendo todo protocolo al bailar sin zapatos (él también se los quitó sin darme ninguna explicación).

Pensé que se ofrecería a llevarme a casa. Mejor aún, que me daría un beso apasionado y me diría que necesitaba volver a verme. Nada de eso sucedió. Al concluir nuestro encuentro, se calzó los zapatos, me dio un beso en la mano y dijo que tenía que irse, adentrándose de nuevo en el salón.

Fui tras él pero lo perdí entre los bailarines. Con los zapatos en la mano, me dirigí a la mesa donde estaba sentada mi amiga. Tuve que ponerme uno y me apoyé en su hombro para poder salir del lugar y tomar el bondi de regreso.

Las calles porteñas brillaban con las luces de una noche que parecía no tener fin y mientras veía a través de la ventana las siluetas de los trasnochadores desvanecerse a nuestro paso, llegué a la conclusión de que hay personas que no están destinadas a quedarse en tu vida, sino simplemente a pasar. Que su camino se cruzó con el tuyo una sola vez, y luego se van. Y no por tu culpa, no por algún desafortunado error del destino… sino porque simplemente así tiene que ser.

Cuando bajé del autobús, volteé para recordar qué número de ruta era. Y entonces lo vi a través de la ventana, él estaba sentado en el asiento de atrás. No me había dado cuenta que íbamos en el mismo colectivo.

El bus arrancó, él simplemente me sonrió y se despidió agitando la mano.
Pasó frente a mi a gran velocidad, desapareciendo en la noche.

Como si hubiera querido reafirmar mi teoría, jamás lo volví a ver.

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